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En 2010, el sello americano Grass Roots decidió hacer un homenaje al británico Graham Nash. Be Yourself. A Tribute to Graham Nash’s Songs For Beginners, un trabajo grupal en el que varios músicos y bandas – entre ellos Port O’Brien, Vetiver, Mariee Sioux, Bonnie Prince Billy, Alela Diane o Nile Nash (su hija) – versionan el primer disco que Nash sacó en 1971. Un disco de folk repleto de matices y detalles de pop orquestal (los pianos, el saxo – tengo un problema con el saxo, lo odio -, los coros…) que, imagino, supone un referente clásico para la mayor parte de los músicos invitados al tributo.

La recopilación, aunque irregular (hay gente muy diversa), es bonita y por momentos emocionante. Algunos temas recuerdan en exceso al original (Better Days de Brendan Benson, de The Raconteurs, I Used to Be a King de Vetiver, o Be Yourself de Robin Pecknold, de los Fleet Foxes), cuando podrían singularizar más sus aproximaciones a las canciones de Songs For Beginners. Hay otras más personales y distanciadas (por ejemplo Military Madness de Port O’Brien y Papercuts o Sleep Song de Mariee Sioux). Y luego hay una maravillosa rareza de Bonnie Prince Billy: una versión muy muy libre de Simple Man, traducida y cantada al castellano (Hombre Tranquilo).

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Simple Man (Hombre Tranquilo) de Bonnie Prince Billy es lo que realmente deseas de una canción tributo. Una relectura propia, un ejercicio de riesgo, una nueva canción que respete el original, pero que en cambio no dependa en exceso de él. Y realmente es lo que consigue Will Oldham con esta versión de un tema tan sencillo y tan honesto como Simple Man. No sólo por el paso al castellano – fantástico escucharlo en tu idioma – sino por el carisma tan poderoso que otorga a la canción. Un sonido casi torpe, como de broma, que mientras te distrae con una pequeña tontería (el punteado inicial de la canción, su modo de entonar los primeros versos: “Soy un hombre sencillo, que canta una canción sencilla…”) te seduce de un modo tan intenso y tan agradable que ya puede hacer contigo lo que quiera. Te hipnotiza.

Un halo de atracción que no aparece sólo al escuchar su voz y sus canciones, sino que se impregna también en su propia imagen pública. Tanto en sus conciertos (he podido verlo tres veces: Apolo, 1997, Joy Eslava, 2008 y Casino de l’Aliança, 2011), como en sus películas (Oldham ha hecho cine desde finales de los ochenta, y más recientemente en films independientes como Junebug (2005) de Phil Morrison, Old Joy (2006) o Wendy y Lucy (2008), ambas de Kelly Reichardt), como en sus vídeos musicales, donde casi siempre suele aparecer él en actitudes paródicas. Pienso por ejemplo en uno de sus últimos vídeos, Bad Man (2014), donde un perro pasea por Ámsterdam con una careta de humano mientras él canta dentro de un pequeño rombo dibujado por huesos, o en el vídeo de Simple Man (Hombre Sencillo), en el que interpreta a un mariachi seductor.

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Dirigido por Britt Govea y Brian Ziffer en 2010, el video que ilustra su participación en el tributo a Nash se centra en un pequeño relato con un personaje central que, como es habitual, Oldham interpreta mientras canta. Un humilde músico errante que vaga por campos lluviosos en blanco y negro hasta que el amanecer le transforma en un apuesto y ridículo mariachi que va dando color a los paisajes y mujeres que encuentra a su paso. Una historia bastante anodina, sin mucho interés la verdad, pero que permite – una vez más – disfrutar de Bonnie Prince Billy en acción. El músico narrando en primera persona sus canciones, aunque en este caso la canción sea de Graham Nash.

Siempre he visto integradas en Oldham las virtudes de dos posiciones narradoras que me interesan por igual. Por un lado el bufón, aquel que te hace reír, que es capaz de auto-parodiarse para explicar algo. Por el otro el trovador, aquel que te seduce con sus relatos, aquel que es capaz de mentirte sin que te des cuenta, o sin que tan siquiera te importe. Bonnie Prince Billy es ese bufón trovador, y lo sabe. Y no creo que haya muchas posiciones parecidas a la suya en el panorama musical actual. Trovadores sí, muchos, pero bufones a la vez pocos – Little Wings, quizás –  o ninguno. Will Oldham domina todo aquello que le rodea, y lo usa sin vacilar, sin darle demasiada importancia: la seducción de un cantautor, la torpeza entrañable de un cómico, la intensidad emocional de una canción, la actitud desenfadada de un payaso. Al fin y al cabo, un músico que, haciendo lo que quiere en cada momento, ha conseguido darle la vuelta a lo que es dedicarse a la música. Incluso, y a diferencia de la mayoría de invitados a Be Yourself, también consigue darle la vuelta a Simple Man de Graham Nash. Como diría un amigo, músico además, “ya lo creo si se la da. Poca broma”.

Pienso en un Graham Nash emocionado, feliz y agradecido mientras escucha por primera vez las canciones de su tributo en el estudio de grabación de Grass Roots con su hija, que firma dos de ellas. Al escuchar la sexta, Nash mira perplejo a Nile. Sabe que toca Simple Man, pero no la reconoce. “Es la de Bonnie Prince Billy, papa”. El padre la mira y hace un gesto de “no entiendo nada” con las manos. La hija mira al padre y arquea la cejas en un leve gesto de “yo tampoco”. A los 30 segundos, ambos bailan por el estudio moviendo los hombros arriba y abajo, muy bien coordinados.

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