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A finales de los años setenta, mi abuelo empezó a construir una casa en Can Salgot, una urbanización cerca de Parets de Vallès. Dicha zona corresponde al municipio de Lliçà d’Amunt y toma su nombre de una masía del siglo XVI que se encuentra en la calle principal. Su arquitectura es bonita y tiene al lado unas cuantas pistas de tenis. En la actualidad, tanto la masía como las pistas se hallan en un estado ruinoso.

La casa de mis abuelos – incluso ahora, que ellos ya no están – siempre se llamó La Torre. Durante los años ochenta, íbamos casi cada domingo allí a hacer una paella. De niño, siempre pensé que no me gustaba la paella, pero simplemente era que mi padre no sabía hacerlas. Mi abuela pensaba lo mismo. Aún hoy en día no reconoce que estaban malísimas.

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Escuchar por primera vez Meridiana de Enric Montefusco – y en concreto Meridiana, el tema que abre el disco – me hizo pensar inmediatamente en aquellos domingos de paella en la Torre. Para ir a Can Salgot, salíamos y entrábamos por la Meridiana. Mi fijación no era el Singuerlín, sino la fábrica de cemento de Montcada i Reixach.

No soy un seguidor de Standstill desde sus inicios – demasiado Teenage Fanclub en los noventa – pero sí desde Standstill (2004) (el paso al castellano) y sobretodo desde el Vivalaguerra (2006). Me entusiasmó en su momento, pero en el 2009 lo redescubrí de nuevo contigo. Sí, tú sigues muy obsesionada con ese disco. Un día, a tope de mono, encontraste la caja del cd vacía y montaste en cólera. Quizás por eso, tiempo después, hiciste estallar mi The Doctor Came at Dawn (1996) de Smog de una patada voladora. Romper un silencio así no tiene perdón. Te pega mucho el Vivalaguerra, ahí lo dejo. Y luego llegó la trilogía conceptual de Adelante Bonaparte (2010), que además de un gran disco es una maravilla literaria (un auténtico libro de relatos) y Dentro de la luz (2013), el último, que he de reconocer que he escuchado muy poco.

Pude verlos en directo en numerosas ocasiones, pero recuerdo sobretodo la primera. La presentación en el Mercat de les Flors en 2004 de Desencuentros: con miedo pero con hambre. Si no me equivoco, el primer espectáculo del grupo dentro de los circuitos de las artes escénicas. La conexión entre la intensidad sonora y los movimientos de Teo Baró fue extraordinaria. He de reconocer que, por aquel entonces, y en la más absoluta intimidad, intenté imitar los movimientos de Baró. No me salió.

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Pero volviendo a Meridiana de Montefusco, si una primera audición – al igual, imagino, que a gran parte de mi generación – me provocó una intensa complicidad biográfica, seguir escuchándolo me permitió comprender y disfrutar de la densidad de sus canciones. En lo lírico, sus letras te atrapan cual lector apasionado, y te hacen seguir la historia narrada con la máxima atención. Historias próximas y reconocibles – tanto por sensibilidad como por ubicación psicogeográfica – que suceden a tu alrededor, o que incluso te suceden a ti. Una suerte de telurismo urbano, barcelonés, ultralocal, que simplemente nos habla de algo tan sencillo y tan complejo como la pertenencia emocional a un determinado lugar. En lo sonoro, las múltiples capas que incorporan las canciones ofrecen un sinfín de matices. Palmas, acordeones, coros, pianos, mandolinas, violines, violas, chelos, flautas… Una riqueza sonora ya habitual en Standstill pero que – diría – en Meridiana llega a otro nivel. Un nivel tan alto que solo se me ocurre compararlo con las atmósferas hipnóticas del Drinking Songs (2005), el Failing Songs (2006) o el Howling Songs (2008) de Matt Elliot. Tres discos que me parecen tan increíbles que casi no puedo ni escucharlos.

En los ochenta, al volver de la Torre por la AP-7, justo después de pasar Montcada i Reixach, siempre me preparaba para el momento álgido de aquel trayecto de apenas 20 kilómetros: la espectacular visión de la fábrica de cemento. Recuerdo imaginarme recorriendo sus polvorientas escalinatas. Y justo ahí, mientras mi padre fumaba Ducados dentro del Seat Málaga (en ese momento yo aún no lo sabía, pero años después ése iba a ser mi primer coche), sonaba la megafonía de la autopista: “En arribar a la fàbrica de ciment, carril esquerre senyalitzat, directe a Barcelona. Al llegar a la fábrica de cemento, carril izquierdo señalizado, directo a Barcelona”. Mi padre nunca cogía el carril. Pese a no gustarle el fútbol, en el Málaga sonaba Tablero Deportivo.

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